Hace muchos años llegaron aquí unos señores extranjeros que conocían de la existencia del arbusto llamado popularmente “árbol de coca”, que crecía en forma silvestre en nuestras tierras ardientes y que nuestras abuelas utilizan sus hojas en infusión, a modo de té, para calmar los dolores de estómagos y los decaimientos.

Estas personas fueron las que comenzaron a enseñar en las poblaciones campesinas y selváticas, donde terminó generalizándose el cultivo de la hoja de coca, el famoso método Merck, que es el utilizado y patentado para extraer químicamente la cocaína o clorhidrato de cocaína de estas plantas. Este es un estimulante altamente adictivo que está presente en la naturaleza como un alcaloide de la planta de coca (Erythroxylon coca).

Es aquí donde comienza esta inmensa tragedia para la nación colombiana, que no termina y que todos los días se ve más difícil de superar. En el año de 2016 se sembró una cifra récord de hectáreas de hojas de coca: 188.000 hectáreas, según datos de la Oficina de Política nacional para el Control de Drogas de EE. UU. (ONDCP, por sus siglas en ingles), del Departamento de Estado de EE. UU, reveladas el 14 de marzo de 2017.  Entre 2015 y 2016 las hectáreas de coca en Colombia aumentaron de 160.000 a 180.000 hectáreas.

Hay que recordar que, en el marco de los Acuerdos de Paz, alcanzados entre el gobierno nacional y las FARC, se puso en marcha un plan piloto de sustitución voluntaria de cultivos en Antioquia, primero y luego se fue extendiendo a otras regiones como Putumayo, Caquetá y Norte de Santander. Este plan ha despertado muchas esperanzas entre los sectores campesinos que abrigan la confianza de dejar atrás, para siempre esta absurda, confusa y traumática tarea; y apuntan sus buenos objetivos a lograr convertirse en campesinos productores de víveres y alimentos agropecuarios, que tanto requiere la población colombiana.

A este panorama hay que agregar que existen una serie de fuerzas oscuras que están interesadas en que el negocio de la hoja de coca continúe y más ahora que han hecho su aparición, en el territorio colombiano, los carteles de la cocaína mejicanos, que sabemos de su alto grado de virulencia cuando de proteger el negocio del clorhidrato de cocaína se trata y en especial la que ellos envían para los EE. UU. Esto se ha tornado tan grave que se sindica a gente, de lo que se llama “el clan del golfo”, de estar detrás de los asesinatos de líderes campesinos que están impulsando la propuesta de la sustitución voluntaria de los cultivos ilícitos.

Por causa de este flagelo de la cocaína, Colombia se ha visto en muchos problemas y dificultades. Sin embargo, vale la pena decir que los altos costos sociales, políticos y económicos generados de esta guerra, nos ha tocado pagarlos fundamentalmente a nosotros. Mientras otros son los países que dejan crecer en forma desorbitada la demanda, es a Colombia a quien le corresponde responder por todos esos desordenes existenciales y laborales que es donde prende la necesidad de utilizar el clorhidrato de cocaína. Todo esto sin decir del desastre económico que representa para la frágil economía nacional, la cantidad de “lavado de dólares” que se hace a través del contrabando de mercancías y otras muchas arandelas que sirven, para hacernos aparecer como una sociedad mafiosa y en manos del “nuevo riquismo”.

Me aterra saber que en nuestras selvas colombianas están sembradas miles de hectáreas de hoja de coca. ¿Qué va a pasar con esa cocaína que pretenderán sacar de esos cultivos? ¿Qué daño tan inmenso irán hacer sobre poblaciones indefensas y desprotegidas? No será que ya llegó el momento de entender que el modelo de producción que asumimos está conduciendo a nuestras sociedades a la esquizofrenia y la locura. ¿No será que ya llegó la hora de declarar esto como una calamidad pública mundial? Y comenzar a tratar esta pandemia con todo el bagaje de salud pública que urgentemente está reclamando.

Invitamos a los centros de estudio universitarios a nivel nacional e internacional a abrir el debate y aportar los mejores caminos y salidas para nuestra sociedad.

Alonso Ojeda Awad

Ex. Embajador de Colombia en Europa.

Vice. Presidente del Comité Permanente de Defensa de los Derechos Humanos - CPDH.


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