Un registro de acontecimientos que corren parejos con la biografía de personalidades democráticas.

Pocas veces, en los últimos tiempos, me había visto fascinado por las calidades de un libro hasta el punto de suspender —en varias oportunidades— su estudio profundo para proclamar, en público, mi regocijo por su contenido histórico y su belleza formal.

Me ocurrió con la más reciente publicación, ‘El país que me tocó’, de ese escéptico notable que es el escritor y periodista Enrique Santos Calderón, cuya lectura había aplazado hasta la Semana Mayor para evadir el tedio religioso.

Y he dado con un libro, ¡qué digo!, con una obra que moviliza conceptos esclarecedores, aunque polémicos y controversiales para los espíritus retardatarios y, desde luego, destinados a inquietar a los astronautas del ‘centrismo’ político, presentes ahora en su indefinición ideológica y, por tanto, en su triste neutralidad frente a los problemas sociales. Este escrutinio es una excelente muestra de la capacidad persuasiva de su visión crítica y de su estilo.

"Cada acontecimiento tiene la virtud de estimular las expectativas del lector con la exposición de renovados tramos de la historia viva, enriquecidos en su armazón estética con agudeza y sensibilidad".

Advertí, desde sus comienzos, el impecable manejo de los datos y su selección discriminada en estadísticas de mecánica social y política, cuya indiscutible certeza y precisión permiten discernir el peso de los hechos y la medida de sus componentes, en metódica taxonomía. Así, cada acontecimiento tiene la virtud de estimular las expectativas del lector con la exposición de renovados tramos de la historia viva, enriquecidos en su armazón estética con agudeza y sensibilidad.

Este ‘observador’ recoge desde el ADN de los conflictos sociales su evolución ideológica hasta su deformación en confrontación militar, para lograr un conocimiento objetivo de nuestras tragedias; igual ocurre con la intervención de sus principales actores: su cultura rebelde, su comportamiento social y su sensibilidad discursiva.

Identifica la incidencia de los monopolios transnacionales en la expansión latifundista y el despojo paramilitar como expresión armada, cuyas mandíbulas destrozan la tierna naturaleza de nuestros ecosistemas, criminalizan campesinos y engullen pantagruélicamente las riquezas de los lechos acuíferos, ahora estériles por el envenenamiento cancerígeno del glifosato, la minería ilegal y el ‘fracking’ petrolero.

Fragmentos de investigaciones que encarnan la imagen objetiva y real de las cosas, memoria de eventos culturales, crónicas sociales y sus tras-escenas constituyen —en la tradición sociológica de Norbert Elias— el compendio de nuestro “proceso de civilización”, que inevitablemente implica al lector.

Ni panfleto mamertoide ni inflamada lírica burguesa. Se trata de un registro de hechos y acontecimientos que corren parejos con la biografía de personalidades democráticas que pasan sistemáticamente por su implacable escáner, incluyendo el entorno intelectual y sociopolítico del autor, siempre inmerso como el que más en las vías de la paz, su preocupación obsesiva.

Enrique Santos hace desfilar por su pasarela analítica a los ya desvaídos figurones de la derecha ortodoxa (desde el horripilante ‘iter criminis’ de Laureano Gómez (pág. 17) hasta la actual pesadumbre fascista del ‘innombrable’. No elude la referencia a la funambulesca figurilla que intenta el fracaso de los acuerdos de La Habana. Partidos y movimientos tradicionales —como apolillados islotes de la decadencia— por años desastrosos usufructuarios de las instituciones son objeto de su indagación.

No hay allí asomos egocéntricos ni compasión alguna relacionados con el poder de su familia, propietaria de este diario desde comienzos del siglo XX, de lo cual pudiera vanagloriarse cualquiera con horizontes menos despejados. Por el contrario, Enrique es bastante crítico hasta la ironía con la relación sociopolítica de su parentela, como en esa magistral semblanza de Juan Manuel en su desdibujado perfil presidencial, cuyo itinerario rastrea sin mezquindades.

Hasta esta elaboración suprema del arte de escribir con ideas y bases históricas llegó Enrique Santos no solo por el ejercicio constante de teclear —durante 29 años— su aclamada columna de opinión ‘Contraescape’, en el diario EL TIEMPO, o merced al arduo desempeño en la revista ‘Alternativa’, que, con Gabriel García Márquez, Daniel Samper Pizano, Antonio Caballero y Orlando Fals Borda, concitó —por seis años—una gran audiencia nacional y presionó transformaciones culturales y políticas en los espíritus modernos.

Su renombre está ligado también a su formación en Filosofía y Letras y en Ciencias Políticas con tesis ‘summa cum laude’ en universidades como los Andes y Colonia, en Alemania. Ah, y la carrera de Derecho en la Universidad del Rosario, donde le dio hartera graduarse de picapleitos de baranda.

Detrás de esa prosa, de genial riqueza combinatoria, se advierte la presencia del hombre de letras aportándole al ritmo de su trabajo un tono vital y estético de sobria, atractiva, descomplicada filosofía política para valorizar el registro ideonómico y su apuesta por la paz en un soberbio capítulo que cierra el libro.

En esas páginas magistrales queda consignado un fecundo reservorio de historias, hipótesis y expectativas que ojalá el país sepa recoger para la formación de una nueva conciencia colectiva, humana y progresista.

Alpher Rojas C.

Investigador en Ciencias Sociales, magíster en Estudios Políticos. Autor del libro ‘Desastre en la ciudad’, sobre el terremoto de 1999 en el Eje Cafetero.

Junta Directiva Nacional CPDH

 


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