Debe ser muy alto el profundo convencimiento político de las Farc-EP, para  tomar la firme decisión de dejar las armas  en  manos del Consejo de Seguridad de la ONU, y que dispongan de ellas, reciclándolas y  convirtiéndolas en tres monumentos simbólicos y emblemáticos a la Paz, que serán  colocados:  Uno en las edificaciones de  las Naciones Unidas en Nueva York, otro en Bogotá y el tercero, en La Habana, Cuba, lugar donde  se adelantaron los diálogos de Paz, que llevaron  definitivamente a la dejación de todas sus armas, en ceremonia presidida por el Presidente Juan Manuel Santos, el máximo dirigente de las desarmadas Farc, Rodrigo Londoño Echeverri y Jean Arnault, jefe de la Misión de la ONU.

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El fallo de la Corte Constitucional originó una tempestad en el bastante enrarecido ambiente político colombiano. Se consideró un gesto poco generoso con la Paz de Colombia, que    trata de dejar atrás la lacra de esta guerra fratricida que desde hace 53 años viene azotando al país, que como epidemia pegó en los colombianos y no nos ha dejado respirar desde los fatídicos momentos en que las balas asesinadas cortaron el aliento vital de un líder esperanzador para la nación, como lo fue Jorge Eliecer Gaitán.

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Es inexorable, a medida que avanzamos en la construcción de la Paz y en la implementación de los Acuerdos  de La Habana, todas los estigmas y cicatrices de la guerra van quedando atrás, con su cohorte de tragedia y llanto que tanto acompañaron nuestros días. Pero hay uno que tiene especial significación para la sociedad colombiana y es el conocido con el terrible nombre de “minas quiebrapatas”.

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Si hay algo que intriga a los extranjeros, es precisamente, esa tendencia de amplios sectores colombianos por manifestar su malestar o su rechazo a los esfuerzos de Paz que desde hace un buen tiempo viene realizando el Gobierno Nacional, primero con las Farc-EP y  últimamente con el ELN. No podemos decir que son los grupos de campesinos o trabajadores agrarios, los que  han visto desfilar con tanta saña los momentos más duros de la violencia política, los que se inclinen fácilmente por estar  a favor de la guerra. No, no es así. Más bien son los grupos de ciudadanos de  buenos y moderados ingresos que han visto la guerra política colombiana desde el confort de los noticieros de televisión,  donde con un simple clic, la pantalla los lleva de los hechos sangrientos de los noticieros a los confortables lugares de las telenovelas gravadas en la placidez de los mares del caribe o a los partidos en las canchas de fútbol donde el Real Madrid, el Barsa o el Juventus definen honores. Esta situación se torna más delicada cuando son familias y personas que han vivido parte importante de sus vidas en el  exterior  y piensa, con muy  pocos elementos de análisis en su cabeza, que esta situación de enfrentamiento armado y sistemático puede fácilmente superarse y ganarse con una profundización severa de las acciones guerreras.

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Guardo un profundo respeto y admiración por el reverendo padre Francisco de Roux, emblemático sacerdote de la Comunidad Jesuita, desde hace muchos  años. Lo he visto, enseñando con  su  ejemplo la razón profunda de los evangelios cristianos materializados en el amor al prójimo, en el acompañamiento constante frente al drama de la existencia de comunidades campesinas, empobrecidas por la acción nefasta de un modelo de desarrollo económico y social, para el que  poco cuentan estas familias desplazadas por el horror de una guerra fratricida.

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El día anterior al contestar mí celular me costó un poco reconocer la voz, luego supe que era él al decirme: compañero salí anoche, pasado mañana salgo para mi tierra. Al día siguiente me había comprometido a llegar desde las 9 a.m. Pero compromisos laborales lo imposibilitaron. Eran las 10 de la mañana. Luego de escribirle un mensaje, me dijo que en 15 minutos llegaba, que estaba cerca. Así fue. Un abrazo y un: Hola compañero, bienvenido, se mezcló con los recuerdos de hace unos pocos meses cuando por primera vez lo conocí en la cárcel Bellavista al acompañar una de las visitas que periódicamente realiza La Fundación Comité de Solidaridad con los Presos Políticos.

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Las generaciones futuras pronunciaran con respeto y veneración su nombre. Serán conscientes  que la lucha librada allí, a comienzos del siglo XXI, por una población fundamentalmente campesina, sin recursos económicos, solo con la profunda convicción de que jamás el oro podría alimentar a sus descendientes, fue capaz de derrotar a las agresivas transnacionales mineras, de la muerte y el engaño, y enviar un mensaje vital al mundo: “No lo olvidéis nunca. Somos agua y no existirá el oro, ni el moro que pueda comprar nuestras conciencias”.

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Se llevó a cabo en Bogotá “El Seminario Nacional por la Unidad – Hacia una convergencia social y política por un nuevo país-“ los días  viernes 17  y sábado 18 de marzo, en el auditorio consultorio jurídico de la Universidad Autónoma, convocado por los sectores sociales más activos de nuestras comunidades y por los movimientos de izquierda que le están apostando a una salida verdaderamente democrática a las graves y profundas contradicciones que presenta en los actuales momentos la sociedad  colombiana.  

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Vamos por la paz