De todos los Presidentes de Colombia que intentaron firmar la Paz con la organización guerrillera Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-FARC-EP, durante más de 50 años de enfrentamiento y lucha fratricida, el único que logró cerrar estos episodios penosos, fue el Presidente Juan Manuel Santos. La historia futura del país recogerá y consignara en sus páginas, en una forma objetiva, todos los esfuerzos que realizaron en los años de negociación, los actores más relevantes que intervinieron en ella y sus nombres serán recordados con verdadera admiración y agradecimiento. Ellos fueron los que nos salvaron del infierno de la guerra y la violencia y supieron conducirnos, en medio de verdaderas borrascas políticas, hasta el hábitat educativo, que nos permitió entender que no existía ninguna razón para que los colombianos siguiéramos matándonos mutuamente en vez construir caminos y senderos que nos permitieran manejar la política y sus consecuencias a través de la razón, la pedagogía y las buenas costumbres.

En los últimos meses hemos visto nacer un fuerte movimiento retardatario en contra del espíritu de Paz que alentó la firma final de los Acuerdos. Este calculado movimiento de oposición comenzó de una manera larvaria y casi clandestino. Se inició, mostrando su fuerza oculta, cuando dio al traste con el sueño del plebiscito por la Paz, que tan sorpresivamente golpeó a la opinión nacional y puso a tambalear el proceso de Paz. Esa fue la primera campanada que sentimos los colombianos, de buena voluntad, anunciando que venían pasos de animal grande.  Con todos los remiendos posibles se pudo continuar en este sueño de Paz, aunque de verdad, el golpe había sido demasiado duro. Las fuerzas políticas de los latifundistas habían demostrado que estaban intactas y que no iban a permitir que un proceso de Paz rozara, ni quiera, sus centenarios intereses, usurpados a los campesinos en las guerras civiles de las que nos habló nuestro Nobel Gabriel García Márquez. Tierras que ellos arrebataron a sangre y fuego durante todo el tiempo de la violencia partidista.

Sin embargo, allí no se quedó el problema. Fue más bien el salto a la palestra. En la medida en que adelantaban su tarea de desmoronar las bases políticas que sostenían al Presidente Santos y por todos los medios buscaron torpedear los esfuerzos del gobierno nacional y las FARC_EP, iniciaron una soterrada acción parlamentaria que buscó negar la aprobación de las curules extras en la Cámara de Representantes que habían sido acordadas para las víctimas en las zonas rurales más azotadas por el conflicto social. Y efectivamente, con su poder, engrasado en muchos años de parlamentarismo, lograron primero aplazar la votación y después, hundir para siempre estas necesarias y justas curules extras que debían haber ayudado sobre manera en la consolidación de la Paz.

Pero la gota que rebozó el vaso fue el sistemático bombardeo a que ha sido sometida la Justicia Especial para la Paz (JEP), que ha llegado a romper los delicados hilos de confianza de los Acuerdos entre Gobierno e Insurgencia fariana. La instalación del nuevo Congreso colombiana el próximo 20 de julio se torna en una fecha crucial para la Paz amenazada. Si el curtido dirigente guerrillero Iván Márquez, quien llevó la vocería política e intelectual más representativa en los diálogos de La Habana, en Cuba, considera que no se han  respetado los Acuerdos firmados y que por lo tanto, no siente seguridad jurídica estando presente en el Senado de la Republica, situaciones muy graves comenzará a vivir nuestra nación y se estarán enviando mensajes preocupantes acerca de la insoslayable responsabilidad que tenemos frente a los Tratados Internacionales en el marco de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario.

Cambiar olímpicamente los sagrados Acuerdos, no cumplirlos en toda su dimensión, será una afrenta vergonzosa en la historia presente y dramática de Colombia. Todavía están calientes los carbones del recuerdo cuando sobre los Acuerdos de Paz de la Guerra de los mil días, cayó herido de muerte, en las gradas del Capitolio Nacional, el inolvidable jefe liberal Rafael Uribe Uribe y 50 años más tarde, en el barrio bogotano del “20 de julio” caía muerto por balas disparadas por un oficial de la policía, el legendario jefe guerrillero liberal de los Llanos Orientales, Guadalupe Salcedo. Ambos habían firmado con los representantes de los respectivos gobiernos nacionales Acuerdos de Paz que garantizaban sus vidas y sus actividades políticas legales. No se les cumplió y una fila interminable de muertos atestiguan la grave falta cometida por el incumplimiento de lo pactado.

Por el futuro esperanzador que aguarda a nuestros niños y jóvenes, esto no puede volver a ocurrir.

 

Alonso Ojeda Awad

Ex. Embajador de Colombia en Europa.

Vice. Presidente del Comité Permanente de Defensa de los Derechos Humanos - CPDH.


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